Teatro: El regreso del apagón

¡Ay! Apurar, cielos, pretendo, ya que me tratáis así qué delito cometí contra vosotros para que me hostiguéis sin prisa pero sin pausa con una atronada seguidilla de apagones. Más de media docena de ellos en sólo 70 minutos. Como si la perilla fuera un clon de aquella maravilla descubierta por Rufo de Éfeso y clamara a gritos una estimulación masturbatoria. Si la mano que mece la cuna es la que gobierna al mundo, la mano que abusa de la perilla acabará (en el buen sentido) gobernando salas teatrales post apocalipticas.

Henrik, Antón, William, August, se levantarían de sus tumbas gozosos recordándoles cuanto más rico era el teatro, cuanto más ingenioso era el cambio de escena sin importar el telón, cuando antes de la revolución industrial era menester el uso de más del 10% de masa cerebral.

¿Hasta cuando deberéis padecer Ofelias anoréxicas, Sonias con alisado definitivo y Noras salidas de La Salada?

¡Piedad! ¡Piedad! ¡Piedad!

Y aunque tú que te crees Meyerhold los jueves, Grotowski los domingos y Stanislavski rebalsado de absenta los lunes, jamás, entiéndeme, jamás podrás obligarme a una palinodia, pues yo, Irina Arkádina te gritaré con la viveza de mi lenguaje, con la bravura de mi carácter y con la belleza que me ha hecho famosa, yo te gritaré: de acáaaa!

Y Tú. Sí, tú, aprende desde ahora: te estoy mirando y no cejaré nunca, never, jamais en mostrar la debilidad de tu creación y la fortaleza de tu lobby para conseguir subsidios. Seré tu pesadilla. Al menos ya sabes a quien rezarle: a Salieri el santo patrono de los mediocres. Pues sino prosperas, será él quien te acoja en su santo seno cuando cruces el Leteo. Aunque después de ver tus obras, todos deberíamos sumergirnos en las aguas del olvido.

Adiós y para no dejar a mis amadísimos lectores con el gusto a hiel de una señorita Julia con diarrea estival, os dejo un exquisito y beeeeeello fragmento del excelso poeta Aristófanes Puccio: “¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! Pájaros vuelan de a cientos”

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